Por qué Aaron Swartz consiguió en 26 años lo que usted no conseguirá jamás, Dr. Savater

Aaron Swartz

Sirva este escrito como mi peculiar respuesta al artículo de opinión de Fernando Savater del pasado 28 de enero en El País, titulado “Robin Hood, reseteado“. En él habla, con profundo desconocimiento, del programador y activista Aaron Swartz, que murió, supuestamente, por suicidio, el pasado 11 de enero de 2013.

Fácil es hablar de alguien cuando ya ha fallecido, porque así se asegura uno la inexistencia de réplica. Para un catedrático de Filosofía, supuestamente especializado en ética (algo que dice muchísimo del sistema que tiene nuestro país para el reparto de cátedras), no parece estar predicando con el ejemplo el señor Savater cuando especula sin rubor, y basándose en las palabras de Cory Doctorow, sobre las causas de su muerte. Él no lo hace, pero yo sí lo voy a citar. Quien quiera leer el artículo completo, está disponible aquí.  Dice el “filósofo” vasco que Doctorow pone en duda que su posible ingreso en prisión sea la razón primordial de su decisión. Sin embargo, veamos qué dice Doctorow:

This morning, a lot of people are speculating that Aaron killed himself because he was worried about doing time. That might be so. Imprisonment is one of my most visceral terrors, and it’s at least credible that fear of losing his liberty, of being subjected to violence (and perhaps sexual violence) in prison, was what drove Aaron to take this step.

But Aaron was also a person who’d had problems with depression for many years. He’d written about the subject publicly, and talked about it with his friends.

I don’t know if it’s productive to speculate about that, but here’s a thing that I do wonder about this morning, and that I hope you’ll think about, too. I don’t know for sure whether Aaron understood that any of us, any of his friends, would have taken a call from him at any hour of the day or night. I don’t know if he understood that wherever he was, there were people who cared about him, who admired him, who would get on a plane or a bus or on a video-call and talk to him.

Because whatever problems Aaron was facing, killing himself didn’t solve them. Whatever problems Aaron was facing, they will go unsolved forever. If he was lonely, he will never again be embraced by his friends. If he was despairing of the fight, he will never again rally his comrades with brilliant strategies and leadership. If he was sorrowing, he will never again be lifted from it.

Depression strikes so many of us. I’ve struggled with it, been so low I couldn’t see the sky, and found my way back again, though I never thought I would. Talking to people, doing Cognitive Behavioral Therapy, seeking out a counsellor or a Samaritan — all of these have a chance of bringing you back from those depths. Where there’s life, there’s hope. Living people can change things, dead people cannot.

[Esta mañana, mucha gente especulaba con que Aaron se suicidó angustiado por lo que le sobrevenía. Puede ser. Ser encarcelado es uno de mis miedos más viscerales y resulta, cuando menos creíble, que el miedo a perder su libertad, a ser objeto de violencia (y tal vez incluso de naturaleza sexual) en prisión, fuera lo que empujó a Aaron a dar el paso.

Sin embargo, Aaron también fue una persona que tuvo problemas de depresión durante años. Había escrito públicamente sobre el tema y habló de ello con sus amigos.

No sé si es productivo especular sobre ello, pero es algo sobre lo que medité esta mañana, y deseo que vosotros también penséis sobre ello. No estoy seguro de si Aaron comprendió que cualquiera de nosotros, sus amigos, habríamos aceptado su llamada a cualquier hora del día o de la noche. No sé si supo que, dondequiera que estuviera, había gente que se preocupaba por él, que le admiraba, y que se habría montado en un avión, en un autobús, o habría hecho una videollamada para hablar con él.

Porque sean cuales fuesen los problemas que Aaron estuviese afrontando, suicidarse no los solucionará. Cualesquiera problemas que estuviese teniendo, quedarán irresolutos para siempre. Si estaba solo, nunca volverá a recibir un abrazo de sus amigos. Si estaba desesperando en la lucha, nunca jamás podrá volver a reunir a sus camaradas con sus brillantes estrategias y liderazgo. Y si estaba rindiéndose, ya nunca jamás podrá remontar.

La depresión golpea a muchos de nosotros. La hemos sufrido, estando tan hundidos que hemos sido incapaces de ver el cielo, pero hemos salido de ello, incluso sin creer que lo conseguiríamos. Hablando con la gente, yendo a Terapia Cognitivo-Conductual, consultando a un consejero o a un sacerdote -alguno de ellos te brindará la oportunidad de salir de las profundidades. Donde hay vida, hay esperanza. Los vivos cambian las cosas, los muertos no pueden hacerlo].

Son palabras que no especulan sobre la muerte de Swartz, muy al contrario de lo que piensa el Sr. Savater. Sino que expresan más bien la incertidumbre de un amigo. Palabras que versan sobre la desazón e impotencia que te produce el haber asistido de cerca a la rendición incondicional de un ser querido y ante la duda de quien se pregunta impotente si podría haber hecho más. Estos párrafos se dirigen enrabietados a un fallecido Swartz, reprochándole que no se hubiera apoyado más en sus seres queridos para convertirse, a la postre, en un alegato de ayuda para todos aquellos que, encontrándose en la misma situación, estén barruntando la posibilidad de acabar con su propia vida, convirtiendo así la muerte de su amigo en el último de sus regalos a la sociedad. El mayor de los homenajes póstumos a un suicida.

El señor Savater aparca intencionadamente cualquier sensibilidad para aprovechar las circunstancias de fallecimiento de Aaron Swartz y prostituirlas como sustento de una penosa defensa de la fascista actitud de la fiscal Carmen Ortiz, cuyo especial celo en perseguir al activista no hizo sino confirmar, una vez más, que los poderes están plagados de títeres de los grandes intereses de la propiedad intelectual, algo que en el país norteamericano ya llega a extremos insondables. De aquellos que buscan únicamente la defensa del propio interés aún a costa del bien general.

No es bueno abrazar el cambio de estos idealistas “porque el mundo puede cambiar a mejor, pero también a peor”, dice. Y también puede quedarse igual, favoreciendo, como siempre, los intereses de este tipo de personajillos de poca monta, cuya catadura moral y egolatría demuestran, por ejemplo, en pretenciosos títulos de libros, supuestamente dedicados a hijos, donde son capaces de igualarse sin rubor ninguno a los grandes filósofos occidentales.

Aaron fue una de esas mentes irrepetibles. Alguien capaz de mover el mundo con una mente y una determinación envidiables. Co-inventor a los 14 añitos del RSS, que hoy mueve ingentes cantidades diarias de información; uno de los creadores del más importante agregador de noticias del mundo que permite dejar de lado la agenda de los medios de comunicación buscando la horizontalidad como lucha contra la imposición de qué es o no importante en función de los intereses comerciales de los grandes grupos de comunicación; defensor incansable de las licencias comunales creativas… todo ello, bajo un verdadero sentido de la responsabilidad que se asienta en la defensa del bien general, en la confianza en que la unión de todos es mucho más que la suma de las partes.

Swartz murió apesadumbrado por la implacable actuación de aquellos que defienden que la cultura es solo para unos pocos, característica de otros tiempos antiguos. Convencido en el valor de la humanidad como tal y de la potencia de la libre circulación de información. Idealista o no, puso en libre circulación millones de archivos culturales (que no, no eran alienantes películas hollywoodienses y canciones de reaggeton, sino documentos académicos, reseñas y publicaciones cuya utilidad es manifiesta) que no eran accesibles sino solo para una determinada élite académica a la que no interesa que las cosas cambien. Una élite a la que el señor Savater pertenece. Aquella que se permite cobrar una cátedra sin asistir a clase o publicar libros financiados por el Estado y luego venderlos con copyright.

Se tiró usted, señor Savater, más de 20 años predicando sobre la defensa de la sociedad civil, en contra de las actitudes fascistas. Pero, a la vista está que sin ningún convencimiento y con la única intención de alimentar su ya de por sí hambriento ego, cuya protección, por cierto, no han pagado sus libros, sino los impuestos de todos. No puede usted defender que poner en libre disposición la información financiada por la sociedad es lo mismo que robar una cartera. Como decía El Lute, “Robar pa comer no es robar”.

Swartz no es Dotcom. Creative Commons no es MEGA.

Era un genio porque imaginaba un mundo diferente, un mundo mejor. Y desde luego, no se habría mojado por lo imaginado por usted, no se preocupe. Sus escritos son inútiles porque, remitiéndose a los hechos, carecen de base vital alguna.

Es usted indigno de haber recibido un premio con el nombre de un poeta inconformista como Paz.

Por eso, él será recordado y usted, repudiado.

  • Marcos

    Olé

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